La rugosidad de sus cinco puntas, sus formas parlanchinas de sol y agua, se mofan en un barreño con siluetas escondidas bajo un mar de escamas
Que tropiezan mis olivos, aparentando rascacielos, con la confusión de la niebla, con el disparate decapitado de formas rosas, mordiendo los labios de una guadaña despuntada, su voz retumba entre los huecos de mis suelos, con la pegajosa saliva de un humano, recogidas sus migas de pan con la mano del hambriento, a veces somos su máquina perdida
Me muevo entre uñas de alimaña, cargando mi pelo arremolinado entre mi cerebro, atadas mis venas exuberantes a mis zapatos, con la ansiedad de la dominante omisión
El obelisco paisaje atemorizado con salvajes bocados de termita, sus apariciones me desalojan de la negra mirada, destrozada en la ventana abierta del mal, por mis ojos de pez, su aroma jengibre escala mis huesos barrocos
Malditos los soplos, cojos anuncian con su canto de gallo un exorcismo en sus plumas, sus aguijones han muerto en mi estómago, moribundos alicientes, no absorbí ni una sola gota de su sangre
He regresado a la esquina en la hora del silencio, allí solo fui una micro duda, el barco fantasma oxidando su rumbo, encalla en una salada inyección de heroína, advierto el flujo del auxilio.
don dumas
























