"Yo sé que el dolor es la nobleza única
Donde no morderán jamás la tierra y los infiernos,
Y que es menester para trenzar mi corona mística
Imponer todos los tiempos y todos los universos"
Charles Baudelaire
Cantan los barcos a la mariposa, reina de los oleajes, en sus días letales, cortas alas de ángel prisionero
Los prostíbulos del bulevar sacuden el hielo entre finas figuras, hijas que mueren al soplar de los vientos ¡Ámalas como señal de juventud!
Son agujeros de la desgracia, se llaman dolor, y en ellos tiemblan diseminados, los asustados rostros, ensombrecidos de premuerte.
Cuatro marcas de tinta herida son los ojos de Baudelaire, su carne blanca tumbada, deseando el precipicio hacia la desaparición, otean con nervio de brújula maldita.
Alejarlo de los escombros, entre ecos de la mala vida, tanto es el ruido que tiembla ante las amapolas, enrojecidas arden como su odio. Pero el agua, ajuar de las lunas, la reparten los espíritus, a los mansos con la seducción de la sed, y a las víboras con su melodía, el traslúcido cristal de las orgías.
Los pecados mantienen la forma bíblica del dolor, las siembras de un verano dichoso, mujeres desnudas yacen en la orilla del rio eterno, rodeadas del abrasador infierno en la promiscua mirada del mosquito. La vida permanece sobre un mundo blando, espera la tormenta, espesa de resquebrajadas tumbas, rotas con el paso del tiempo, donde descansa la ignominia, pero donde se ausenta el descanso de las aturdidas sombras.
Es la carne perfecta del poeta díscolo, su negro dolor, poeta sin piel, solo alma acalorada. Rabia un sonido de railes, no encuentran su camino. Ese sonido atronador, arrollador e inalcanzable, solo lo escucha el versador. Poeta, el dolor centellea en las canas del viejo estanque, su afán de mística muerte.
don dumas