La enigmática fotografía, surgida de un sueño, huye de mi noche entristecida. Llévame al bosque, lejos de los hombres, y agárrame entre el ruido de tus ramas, soy el duro dolor... el dolor que rompe
Te dirán que eres hermosa, y nadie se fijará en tu espejo azul de tristes cielos, ni en el solitario olivo, clavando sus señuelos sobre tu amalgama, hijo que llevas dentro, raíz de la noche. Seamos cristales en la planicie de tu oscuridad
Entre estragos de alienígena, sobre el fino polvo que destruye a la extensa tarde, a la inocencia de Alicia, a los pájaros que nunca existieron
Vuelve, y haz de tu frío color blanco, cisnes negros en tus mares, en eterna iluminaria, rasgada con los alientos de mi única mirada. Te ruego desnuda
Sean el gran dueño los abisales Lo más hondo del agua Abriendo sus canales a lejanos recuerdos Yerma en mis sueños, yo amo la frágil superficie
¡Arriban! Los milenios regresaron Sus grises, un amargo fruto en Eva Llámame, Hermes, llega desde lo alto, dame frío, en tu vuelo más alto
Háblale al clavel, en su espera, a la caída de las sombras
Humo y secreción me llevan a la carne y el silicio Sin fatiga en el rostro Y búsqueda del elíxir Subyugando nuevos escenarios, yo siendo amo y redentor
Rociando palabras sobre la amada que camina entre rosales Mi canción rota entre aromas de bullicio y melancolías
Catorce arias de sonidos espectrales
zarpando como barcos fantasmas sobre las banquisas de los sueños
Yo pertenezco a los jardines de tus cumbres:
a los enredos de tus húmedos cabellos
enrocados entre el crepúsculo de un amor invisible
Si te escribiera mi poema perfecto,
dibujándose con los encantos de tus movimientos, moriríamos destrozados como porcelana de palabras
Ardería más tu misterio que el fuego de mi infierno
¿Por qué he de decirte que te quiero? Si tan solo ha existido, bajo las ensoñadas lunas, una vida separada sobre nuestros labios Y ahora, huérfanos, duermen entre el silencio de sus profecías
¿Por qué he de decirte que te quiero? Si luego, ante ti, me arrastro, se arrastran mis desengaños, híbridos, y siempre solitarios
He de confesarte, mi apagada luciérnaga,
que tras mis verdes ojos no existe nadie y mis cortas manos tiemblan de pudor Esa luz, de andar lento, alumbrando el fugaz día
Y ahora el ahogo sobre los fornidos parajes de mis párpados
Estos brillos de estampas sombrías de tu espectral silueta, rosas y amables estrangulando mis colores
¡Nunca amé al amor! Ni a su cuerpo ebrio y desnudo Estirado sobre mi asombro, asombrado por su paisaje interminable
A nadie veo ¡créeme! sosteniendo los deslices de tus vientos Escapando hacia una nada que nada contiene Vientos que solo dormían más allá de los viajes de tus ojos Saltando alambradas Endureciendo entre las rabias escondidas de un ángel que huye Los deseos cabalgaban, fuertes caballos entre los amargos exilios
Ellos, extraviaron mis cartas,
regresaron desde las cenizas
Toda tu vida cabe en una estrofa, entre mis gotas de agua poética
Desde el río negro y asustado el mayor regalo que me traen los pájaros de la noche, el anuncio con sus picos de almendra y hollín, sobrevolando las flores del bajo desierto: y es que soy irrelevante
Tránsito de túnel, cadáveres revueltos en su vuelo silvestre y el ojo sabio, Él, me deniega la luz