¡Ardería mi rabiosa pluma por escribirte!
Rociando palabras sobre la amada que camina entre rosales
Mi canción rota entre aromas de bullicio y melancolías
Mi canción rota entre aromas de bullicio y melancolías
Catorce arias de sonidos espectrales
zarpando como barcos fantasmas sobre las banquisas de los sueños
Yo pertenezco a los jardines de tus cumbres:
a los enredos de tus húmedos cabellos
enrocados entre el crepúsculo de un amor invisible
Si te escribiera mi poema perfecto,
dibujándose con los encantos de tus movimientos,
moriríamos destrozados como porcelana de palabras
moriríamos destrozados como porcelana de palabras
Ardería más tu misterio que el fuego de mi infierno
¿Por qué he de decirte que te quiero?
Si tan solo ha existido, bajo las ensoñadas lunas, una vida separada sobre nuestros labios
Y ahora, huérfanos, duermen entre el silencio de sus profecías
Si tan solo ha existido, bajo las ensoñadas lunas, una vida separada sobre nuestros labios
Y ahora, huérfanos, duermen entre el silencio de sus profecías
¿Por qué he de decirte que te quiero?
Si luego, ante ti, me arrastro,
se arrastran mis desengaños, híbridos, y siempre solitarios
Si luego, ante ti, me arrastro,
se arrastran mis desengaños, híbridos, y siempre solitarios
He de confesarte, mi apagada luciérnaga,
que tras mis verdes ojos no existe nadie
y mis cortas manos tiemblan de pudor
Esa luz, de andar lento, alumbrando el fugaz día
y mis cortas manos tiemblan de pudor
Esa luz, de andar lento, alumbrando el fugaz día
Y ahora el ahogo sobre los fornidos parajes de mis párpados
Estos brillos de estampas sombrías de tu espectral silueta,
rosas y amables estrangulando mis colores
rosas y amables estrangulando mis colores
¡Nunca amé al amor!
Ni a su cuerpo ebrio y desnudo
Estirado sobre mi asombro, asombrado por su paisaje interminable
A nadie veo ¡créeme! sosteniendo los deslices de tus vientos
Escapando hacia una nada que nada contiene
Vientos que solo dormían más allá de los viajes de tus ojos
Saltando alambradas
Endureciendo entre las rabias escondidas de un ángel que huye
Los deseos cabalgaban, fuertes caballos entre los amargos exilios
Ni a su cuerpo ebrio y desnudo
Estirado sobre mi asombro, asombrado por su paisaje interminable
A nadie veo ¡créeme! sosteniendo los deslices de tus vientos
Escapando hacia una nada que nada contiene
Vientos que solo dormían más allá de los viajes de tus ojos
Saltando alambradas
Endureciendo entre las rabias escondidas de un ángel que huye
Los deseos cabalgaban, fuertes caballos entre los amargos exilios
Ellos, extraviaron mis cartas,
regresaron desde las cenizas
Toda tu vida cabe en una estrofa, entre mis gotas de agua poética
A Rimbaud, el niño vidente de Charleville.

Rescato este antiguo poema de mi borrador, tan maldito como el propio Rimbaud.
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